02. Usos de los combustibles fósiles
La energía es fundamental para tener agua limpia, salud, luz, transporte y servicios de comunicación, entre otros servicios esenciales, tanto en los países desarrollados como en los que están en vías de desarrollo. Los países que pueden satisfacer sus necesidades energéticas son más ricos y resilientes, y cuentan con más herramientas para afrontar retos sociales y ambientales. Este aspecto, la riqueza, es uno de los tres factores que el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo utiliza para calcular el índice de desarrollo humano (IDH), que mide las opciones y las oportunidades de las personas y la libertad que tienen para vivir su vida. Además de la riqueza del país, también se tienen en cuenta la esperanza de vida al nacer y la alfabetización de sus habitantes. El acceso a energía abundante y asequible permite mejorar estos tres aspectos.
Como la población mundial y el desarrollo económico continúan creciendo, también lo hacen las necesidades de energía de los países. La demanda se ha cuadruplicado en los últimos cincuenta años, y se calcula que aumentará todavía un 25 % hasta el año 2040. En 2023, el consumo global de energía se incrementó más que en los últimos años, impulsado por China, India, Brasil y Oriente Medio, y este crecimiento no se vio compensado por el descenso del consumo de energía en Europa, Japón y Corea del Sur.
Utilizamos energía en todos los sectores de nuestra economía; a nivel mundial, la industria es el principal sector, ya que incluye toda la fabricación de productos, la minería, la construcción y la agricultura. Representa casi el 40 % de la energía que consumimos. A continuación, se encuentra el transporte, que incluye todas sus modalidades (coche, camión, tren, barco y avión), al que destinamos casi el 30 %. La calefacción, la refrigeración, la iluminación y los aparatos eléctricos en los hogares representan, aproximadamente, un 20 %, mientras que los servicios públicos y comerciales suponen el 10 % restante.
Estos porcentajes varían con el tiempo y por regiones, así como en las proporciones en cada uno de los grupos, pero ponen de manifiesto que los cambios en las fuentes de energía deben abordarse desde muchos ángulos. No existe una única solución. Fijarnos solo en la electricidad, o en el transporte, o en la alimentación, es insuficiente; se necesita un enfoque holístico.
Durante décadas, el porcentaje de energía que procede de la quema de combustibles fósiles se ha mantenido en torno al 80 %; solo el 20 % de la energía que consumimos proviene de otras fuentes. En 2024 estos porcentajes se han mantenido, y las últimas previsiones apuntan a que en 2040 lo seguirán haciendo. La quema de carbón en las centrales eléctricas provee un tercio de la electricidad mundial. Si bien es cierto que en Europa este uso se ha reducido prácticamente a cero, en otras regiones del mundo, como en India, el carbón es fundamental en la generación de electricidad. El transporte de personas y mercancías en aviones, coches, barcos y camiones depende también de los combustibles fósiles; el 95 % de la energía destinada al transporte proviene de la quema de derivados del petróleo. Y en la calefacción de hogares, escuelas, hospitales y comercios, los combustibles fósiles también desempeñan un papel fundamental: un tercio proviene del carbón y otro tercio del gas natural.
Si sabemos desde hace mucho tiempo que el uso de combustibles fósiles implica numerosas consecuencias negativas, ¿por qué los seguimos usando? Los combustibles fósiles tienen tres características que hacen que dependamos de ellos.
En primer lugar, son muy buenos productores de energía. Se han formado durante millones de años, concentrando la energía proveniente del Sol y haciendo que una pequeña cantidad de estos combustibles proporcione una gran cantidad de energía. Es por ello que, cuando se necesitó mucha energía durante la Revolución Industrial, se recurrió al carbón y no a la madera. Por ejemplo, un barril de petróleo contiene el equivalente energético de una persona trabajando ocho horas al día, cinco días a la semana, ¡durante diez años! Hay un aspecto, no obstante, que hace que la eficiencia de los combustibles fósiles disminuya: hablamos de su producción y distribución, ya que en ellas se gasta más de una tercera parte de la energía que contienen. Así, antes de que los podamos utilizar y de que aporten algún servicio, ya hemos gastado una parte muy importante en procesarlos.
En segundo lugar, ya están hechos. Ya disponemos de esta energía solar concentrada. Para aprovecharla, solo tenemos que extraer el combustible y quemarlo. El carbón, el petróleo y el gas natural son productos químicamente estables, de manera que se pueden almacenar durante largos periodos de tiempo sin que se degraden ni reaccionen con otras sustancias y, si se hace correctamente, el riesgo de accidentes es bajo. Esta estabilidad facilita también su transporte a largas distancias, lo que los hace especialmente útiles cuando se necesita energía en un lugar remoto y en cualquier momento.
Por último, hay que destacar que, como hace más de doscientos años que los utilizamos, tenemos las infraestructuras necesarias para almacenarlos y transportarlos (tuberías, tanques de almacenamiento, refinerías…) y hacer uso de ellos en cualquier lugar y para cualquier finalidad. Todos los sectores económicos dependen de ellos, aunque algunos más que otros. En el sector industrial, industrias como la del cemento y la del acero requieren grandes cantidades de energía, a menudo para alcanzar altas temperaturas, y actualmente son más eficientes con combustibles fósiles. Además, muchos otros procesos industriales están diseñados específicamente en torno al uso de estos combustibles.
En el transporte, la eficiencia energética de los combustibles es un factor importante, ya que el peso del combustible afecta directamente al consumo de energía del vehículo. Los combustibles fósiles son densos en energía: una pequeña cantidad de combustible contiene mucha energía. Así pues, con un mismo volumen, los combustibles fósiles permiten alcanzar distancias más grandes sin necesidad de recargar. En la agricultura, hay maquinaria, como los tractores y las cosechadoras, que funciona sobre todo con derivados del petróleo. Por otro lado, la producción de fertilizantes y pesticidas también necesita grandes cantidades de energía. Las alternativas a estos fertilizantes a menudo son menos efectivas, porque contienen menos nutrientes y también porque se consume mucha energía para producirlos y transportarlos. Además, en muchas áreas rurales no existe la infraestructura necesaria para disponer de fuentes alternativas, como redes eléctricas que puedan sostener el aumento de las cargas de la maquinaria.
Por lo tanto, la disponibilidad, las infraestructuras y el precio hacen que nuestra dependencia de los combustibles fósiles sea, hoy por hoy, todavía muy elevada. Sin embargo, es necesario desarrollar tecnologías que nos permitan satisfacer tanto la demanda de energía actual como la futura, ya que centenares de millones de personas aún no tienen acceso a ella o no tienen toda la que necesitan. Y debemos hacerlo con fuentes más limpias, porque, como veremos en los siguientes capítulos, las consecuencias de usar combustibles fósiles representan una amenaza para la estabilidad del planeta.
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