03. Gases de efecto invernadero
Cuando la energía del Sol llega a la superficie de la Tierra, esta se calienta y parte de esa energía se emite como radiación infrarroja. Buena parte de esa radiación emitida por la Tierra la absorbe la atmósfera (alrededor de un 90 %) y el resto se refleja en el espacio. Dado que es similar a lo que ocurre en un invernadero, este fenómeno se llama efecto invernadero. De hecho, el efecto invernadero es muy importante para la vida en nuestro planeta tal como la conocemos, ya que, sin este fenómeno, la reemisión saldría al espacio y se congelaría, a -18,1 °C de media. En cambio, gracias a este efecto, la Tierra mantiene una temperatura media de 15 °C.
Esta absorción de la radiación la hacen los llamados gases de efecto invernadero presentes en la atmósfera. El principal gas de efecto invernadero es el vapor de agua, que absorbe tres cuartas partes de la radiación. El resto de la radiación lo absorben gases como el dióxido de carbono (CO2), el metano, el ozono y, en cantidades mucho más pequeñas, los óxidos de nitrógeno y otros gases. Sin contar el vapor de agua, el gas que contribuye más al efecto invernadero es el CO2. Una molécula de este gas tiene menos capacidad para absorber radiación que, por ejemplo, una molécula de metano; sin embargo, al ser el más abundante en la atmósfera, con diferencia, no cabe duda de que es el gas más relevante en el calentamiento de la Tierra.
A lo largo de la historia del planeta, la concentración de estos gases de efecto invernadero, especialmente de CO2, ha variado mucho. Ahora bien, se calcula que los niveles actuales de CO2 atmosférico no se habían dado desde hace más de 800 000 años, que es hasta donde tenemos datos con las técnicas actuales. Y este incremento se ha producido de forma muy rápida. En 1980 la atmósfera contenía 339 ppm de CO2; veinte años después, en el año 2000, ya habíamos llegado a 365 ppm, un 7 % más, y en 2024 esa cifra ha aumentado a 420 ppm. Es decir, se ha producido un incremento del 23 % respecto a 1980. Y se debe prácticamente en su totalidad a actividades humanas, mayoritariamente a la quema de combustibles. A nivel mundial, la mayor parte de estas emisiones se deben al uso de los combustibles fósiles como fuente de energía, principalmente en la industria, seguido del combustible destinado al transporte de personas y mercancías y del que se utiliza en viviendas y comercios. En el caso de Cataluña, la principal fuente de emisión de gases de efecto invernadero es el transporte (un 32 % en el año 2022).
Evidentemente, este incremento de CO2 hace que el efecto invernadero sea mayor y, por lo tanto, provoque un calentamiento global de la temperatura atmosférica del planeta. Este calentamiento no es igual en todas las zonas del planeta. De hecho, es muy desigual. Las zonas polares de ambos hemisferios se han calentado prácticamente el doble que las zonas ecuatoriales. Todo este calentamiento cambia el clima, y es lo que llamamos cambio climático. Y ¿cómo lo cambia? Pues, en primer lugar, haciendo que haga mucho más calor globalmente. Este aumento de calor, junto con el hecho de que la diferencia de temperatura entre el polo y el ecuador sea más pequeña, está provocando que aumenten el número y la intensidad de varios fenómenos climáticos. Así, por ejemplo, las sequías son más largas y frecuentes en la zona mediterránea europea y en muchos lugares de África. Se podría pensar que en Cataluña siempre ha habido sequías, y es verdad, pero ahora son más frecuentes y largas. También sabemos que hay tormentas e inundaciones en todo el mundo mucho más intensas y en zonas donde antes no las había. Por ejemplo, los ciclones o huracanes en el hemisferio norte cada vez llegan a zonas de mayor latitud. Otro fenómeno meteorológico afectado por el cambio climático es el conocido como dana, las gotas frías típicas de finales de verano en el Levante peninsular. Actualmente, se dan con mayor frecuencia e intensidad, debido a que el mar está más caliente. Hay quien dice que da la sensación de que se producen más fenómenos atmosféricos extraordinarios porque ahora estamos más informados y que antes también se producían pero no lo sabíamos, o que los destrozos son más importantes porque hay más población y más zonas urbanizadas, que es donde se ven más los efectos. Sin embargo, esto no es así, ya que cuando observamos el número de desastres naturales a nivel mundial no relacionados con el clima, como terremotos o erupciones volcánicas, por ejemplo, vemos que no se ha registrado ningún aumento significativo en los últimos años. En cambio, sí hay una tendencia ascendente de olas de calor extremo, sequías, inundaciones, riadas, huracanes o tormentas. En resumen, es inequívoco que el planeta cada vez está más caliente, que los fenómenos atmosféricos extremos aumentan año tras año y que esto se debe al aumento de la concentración de gases de efecto invernadero en las últimas décadas, causado principalmente por las actividades humanas, sobre todo por el uso de combustibles fósiles.
Otro efecto muy relacionado con el calentamiento global es la desaparición de muchos glaciares de las montañas de todo el mundo y la reducción del volumen de las masas de hielo en las dos zonas polares del planeta. Esto conlleva muchas consecuencias. Una de las más conocidas es que el agua descongelada llega al mar y eso agrava el aumento de su nivel, provocado por el calentamiento global de todas las masas oceánicas de la Tierra, ya que, cuando la temperatura de un líquido aumenta, también aumenta su volumen.
El aumento del nivel del mar, como explican otras audioguías del Vagón con más detalle, implica un impacto negativo no solo en los ecosistemas costeros, sino también en las poblaciones humanas que viven a nivel del mar. En España, por ejemplo, estas representan un 39 % de la población, y a nivel mundial esta cifra se sitúa entre el 50 % y el 60 %.
El deshielo de los polos provoca otro fenómeno: la disminución del albedo, que es la capacidad de reflejar la radiación solar que llega a la Tierra para que la superficie se caliente menos. Y esto es sencillamente porque el color blanco de la nieve refleja más la radiación; si desaparece la nieve, la misma superficie será más oscura y absorberá más calor. Es la misma diferencia que hay entre vestir de blanco o de negro en verano. Este fenómeno es un ejemplo de los conocidos como procesos de retroalimentación del cambio climático, en el sentido de que el mismo calentamiento provoca más calentamiento, aunque pudiéramos frenar el efecto invernadero. Así, por ejemplo, en las montañas, cuanta menos nieve hay, más calentamiento se produce. Esto, a su vez, provocará que haya menos nieve y, por tanto, menos reflexión de la luz y, de nuevo, más calentamiento. Es el pez que se muerde la cola.
La pregunta que nos hemos formulado es esta: ¿hasta dónde podemos sostener este calentamiento sin comprometer la vida humana en la Tierra? El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) ha estimado que superar los 2 °C de incremento global de temperatura respecto al periodo de 1850-1900 provocaría riesgos climáticos graves y frecuentes, y que, por tanto, no debería permitirse en ningún caso. De hecho, cree que 1,5 °C ya puede resultar muy perjudicial para ciertas zonas del planeta. En consonancia, los acuerdos de la cumbre del clima de París, en vigor desde 2016, fijan en 1,5 °C este aumento máximo para el año 2100. La mala noticia es que la temperatura no para de aumentar. La media de los últimos diez años (2014-2023) ha sido de 1,20 °C, con un valor récord en 2023 de 1,45 °C, y en 2024 aún podría ser mayor. Por lo tanto, parece muy difícil detener el incremento de temperatura a 1,5 °C.
Terminamos, sin embargo, con las buenas noticias. La primera es que conocemos el origen del incremento de temperatura y que lo podríamos detener en gran parte, aunque no podremos revertirlo hasta dentro de muchos siglos. Una buena manera de hacerlo es reduciendo drásticamente, y de forma inmediata, el consumo de combustibles fósiles. Para ello, hay que intentar reducir al máximo el uso global de energía y sustituir la que proviene de los combustibles fósiles por otras fuentes que no contribuyan a agravar el cambio climático. Otra buena noticia es que todo el esfuerzo que hacemos para reducir el incremento de la temperatura es positivo, ya que cada décima cuenta. Detener el incremento de temperatura a 1,6 °C es mejor que a 1,7 °C y, por lo tanto, vale la pena intentarlo, por el bien de la humanidad actual, de la humanidad del futuro y de todos los demás organismos vivos de la Tierra.
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